Mensajes del pasado

Hay veces me pregunto, a qué mundo estoy adjunto…

Ha transcurrido casi medio siglo, más, desde esos días sin responsabilidad. Aquellos en los que el despertar cada mañana era lo más dramático de cada día, ya que al abrir los ojos, todo estaba programado. Aquellos días cuando el día fluía como las aguas que regaban los parques de mi niñez; solo con breves interrupciones para cambiar de dirección y seguir alimentando esos pastos verdes de Vista Alegre donde jugábamos fulbito y a las escondidas. Parques donde aprendí los nombres de países vecinos, el parque Venezuela, donde yo vivía; Colombia, Brasil, Argentina.

Días que comenzaban con un duchazo, un café con leche y un pancito con mantequilla, con suerte un pan de Chirimoya, antes de ir a esperar a ese bus naranja que nos recogía para ir a chorrillos al gran colegio de la Fuerza Aérea Peruana, El Quiñones. Días cuando los aviones de la Fuerza Aérea Peruana rompían el silencio de la mañana en camino de Las Palmas a puntos remotos en el horizonte.

Días antes de conocer Estados Unidos y regresar a una Lima que todavía la tenía fresca en la memoria. Días en que lo único que cambió fue el vecindario donde despertaba y el destino del bus mañanero, que al fin y al cabo me cambiaron la vida para siempre.

De Vista Alegre a Monterrico; y de Chorrillos a Camacho. Del Quiñones para el Roosevelt, el nuevo mundo de mi secundaria.

En aquellas épocas el Polo todavía era eso, grandes canchas donde se practicaba ese deporte de realeza sobre montajes llenos de energía (Caballos locos…). Donde Los Alamos todavía era un barrio lejano de la ciudad, y las Casuarinas todavía no tenían barreras en sus alrededores. Donde La Molina y La Planicie eran aún más distantes, y donde Cieneguilla aún era provincias.

Cuando ir al Sur era como un viaje al extranjero. Cuando El Silencio era una playa lejana y cuando las campanas de la Herradura aun rompían sobre las arenas finas del Gaviota.

Poco antes de Sendero. Todavía se podía caminar por las calles de San Isidro, Miraflores, y Monterrico con confianza. Todavía no se habían colgado los pobres perros callejeros de los postes en la ciudad. Todavía un “gringo machiche” se podía subir a un micro o combi de la Primavera y llegar de Monterrico a Miraflores en escasos minutos. Mucho antes de Tarata, casi una década. Cuando las calles de Lima todavía no sufrían de ese bloque arterial que sofoca la respiración y para las palpitaciones de la ciudad. Cuando todavía no existía el Bembos y una buena hamburguesa uno se la compraba al causa del Chefers en la Pardo. Cuando todavía existía el Rancho o un buen sanguchón de lechón en San Borja, en la Aviación.

Cuando aún no existía el tren de Alan, ni las columnas insólitas que dividían la ciudad como soldados incansables.

Esas eran mis épocas; hoy seguras en la bóveda del recuerdo pero siempre vivas en la realidad de mi presente forjando mi futuro.